La Fe, la Voluntad, o la
Suerte
El que no sepa rezar,
que vaya por esos mares;
ya veréis qué pronto aprende
sin enseñárselo nadie......
Voy a relatar algo que me sucedió hace ya mucho tiempo; algo extraño e
inverosímil; algo sobre lo que he meditado largamente, para lo que hasta la
fecha, no he hallado una explicación plausible.
Sucedió en un día de verano, a mediados de la década de los años sesenta,
hallándome en Jaca durante el servicio militar, de obligado cumplimiento por
aquel entonces. Los jóvenes de mi época, impregnados de un fuerte romanticismo,
la mayoría de ellos muy lejos de sus hogares, conscientes de la pérdida de un
período de nuestra juventud, de nuestras vidas, vivaqueábamos en los cuarteles,
viendo el monótono transcurrir del tiempo, soñando con la ansiada vuelta al
hogar, para reencontrar y abrazar a la familia y a los amigos.
Transcurriendo así el paso de los días, en cierta ocasión los jefes militares
decidieron sacudirnos la pertinaz modorra cuartelera en la que nos hallábamos
sumidos, determinando que se debería llevar a cabo unas maniobras por la
Cordillera Pirenaica; puesto que no querían mantener ocioso e inactivo al que
pomposamente llamaban Batallón de Cazadores de Alta Montaña.
Así que en una fresca mañana, nos ordenaron agarrar el fusil ametrallador
Cetme, nos dieron provisiones para unos días, y nos llevaron en camiones a
pegar tiros por allá en las cumbres.
La orden que, a decir verdad ya se barruntaba desde hacía unas semanas, fue
recibida con general excitación por parte de la animosa muchachada; puesto que
un acontecimiento así, tan señalado, brindaba a muchos de aquellos románticos
chavalillos, la ocasión de ir en busca de la Flor de las Nieves: la mítica
Edelweiss.
La flor siempre viva e inmarchitable de la alta montaña se había convertido en
nuestro sueño; mucho habíamos oído hablar de la misteriosa flor, acerca de la
cual se habían fraguado extrañas leyendas que, en momentos de ocio, eran
narradas por los más veteranos.
Esta flor, los unos la querían para llevársela a sus madres; otros, la mayoría,
en mi caso, para enviársela a la novita, a la muchachita que quedó sola allá en
Cataluña, esperando ansiosa el regreso del soldado. Todos soñábamos y
anhelábamos en nuestro corazón, que ella nos esperaría con la flor imperecedera,
que meses antes habría recibido de nosotros, dentro de un sobre, junto con una
carta.....
Llegado el momento, ella que la habría guardado celosamente entre las páginas
de un libro, nos la mostraría tan fresca y lozana, como el mismo día en que fue
recortada de entre las rocas.
....te prometí pensar en ti,
Pensar en ti, en ti, mi bien,
en ti, Lili Marlen......
Canturreábamos en nuestras correrías por aquellos inhóspitos parajes....Dos
días llevábamos por allí, cuando en la mañana del tercer día de maniobras,
aprovechando unas horas de descanso, se me ocurrió que bien podría ascender a
la montaña que allí se alzaba, justo al lado del campamento. Tenía la
corazonada de que allá arriba, oculta entre las rocas, estaría esperándome la
preciada flor. Veía la nieve brillar en las alturas; la vista y el corazón se
me iban hacia la cumbre.
Decidídamente, pensé, que habría que ir a por ella. Tracé un plan para una
escapada y se lo propuse a mis compañeros, pero no hallé a ninguno de ellos que
quisiera secundar mi plan.
No lo pensé por mucho tiempo; ya había tomado la firme decisión de encaminarme
hacia la cumbre y me fui acercando a los primeros terraplenes. Mis compañeros,
sabedores de mi intención, trataron inútilmente de disuadirme, advirtiéndome de
los peligros a los que me iba a exponer; sobre todo, si me aventuraba a marchar
en solitario. Pero no me hicieron desistir de mi empeño, por más que
insistieron; de modo que inicié la marcha y al rato ya estaba subiendo con paso
brioso por las escarpadas rampas.
A la media hora de camino ya me sentía agotado, acusando la fatiga, debido a la
altura. Bajo un sol implacable, devorado por la sed, me veía obligado a beber a
cada momento del agua de los innumerables manantiales que, por suerte para mi,
brotaban por doquier; era un agua purísima y cristalina, cuyo frescor inicial
se perdía rápidamente al calentarse en la cantimplora, bajo el sol implacable
de la alta montaña.
Estando ya cercano a la cima, me detuve exhausto, rendido, jadeante y sudoroso.
Absorto en el espectáculo grandioso de las cumbres, miraba a mi alrededor con
la vista arrebatada. El agua que discurría a mis pies....el verde
lujuriante....los insectos chirriando en la grama....el cielo de un azul
purísimo....la luz cegadora....
Ví a la garduña deambulando entre las peñas. Con la cola, airosa, semejante a
un pendón, proclamaba con refinada cautela su dominio sobre aquellas soledades.
Una perdiz nival cruzó temerosa ante mí, seguida de su prole. Asustada por mi
presencia, el ave lanzó un graznido de alarma y, volando raso, fue a ocultarse
monte arriba, en un lugar pedregoso. Corrí hacia ella con afán de capturarla, o
bien de arrebatarle alguno de sus hijuelos. Dí un traspiés y caí rodando
montaña abajo. La caída, que fue larga dolorosa e interminable, terminó cuando
al fin pude asirme a un saliente en las rocas. Magullado y dolorido, sentía el
cuerpo lacerado. Suspiraba aliviado congratulándome de mi buena suerte, cuando
me di cuenta horrorizado, de que me hallaba suspendido ante el vacío, con un
abismo espantoso a mis pies.
Sin poder moverme, con la punta de los pies, apenas llegaba a alcanzar dos
puntos firmes donde apoyarme. Sentía erizarse el vello en mi piel. Pasé así
largo rato aterrado, sin atreverme a mover un solo músculo.
Miraba angustiado hacia abajo y con el rabillo del ojo, veía allá al fondo del
abismo, la lejanía del campamento, las tiendas de campaña.... Y estando así, en
ese estado de incapacidad, aún procuraba serenarme; en un momento dado, llegó a
mis oídos débilmente, un redoble de tambor y un toque de corneta. Calculé que
habría llegado el momento de pasar lista allá abajo y entonces constatarían mi
ausencia; me desesperaba porque no me iban a encontrar hasta horas más tarde,
cuando encontrasen mi cadáver; porque sabía que en cuanto me abandonasen las
fuerzas, me iba a despeñar irremisiblemente.
Pasaron por mi mente muchas vivencias.....Pensé en mis compañeros, que ajenos a
la situación en que me encontraba, no podían prestarme ayuda: me acordaba de
ellos y de los amigos a los que más quería. Aquel mozancón de Igualada, que
cargó conmigo cierto día de marcha, cuando consumido por la fiebre, me sentía
desfallecer. Aquel otro, vasco insigne, con el que compartíamos alegres
veladas, mientras el vinillo corría de vaso en vaso, y él hacia sonar el chistu
con maestría....Momentos inolvidables que ya no se volverían a repetir.....Y
pasaba el tiempo bajo un sol implacable....no podía moverme...ya me sentía
desfallecer, rígido e inmóvil...con un pánico cerval....
Y fue justo en aquel momento, cuando yo, que me confieso agnóstico, comencé a
rezar; me encomendé a Dios.
Yo no sé qué mecanismo de mi mente se pondría en marcha. Solo sé que algo me
impulsó, lo recuerdo perfectamente, a desplazarme lentamente en sentido lateral
hacia mi derecha. No sé lo que duró aquel desplazamiento. Mi mente estaba en
otra onda; en otras palabras: rezaba.
Y puedo decir, doy fe de ello, que ignoro de que manera, me ví fuera de aquel
abismo espantoso.
Bajé confuso de la montaña; iba en un estado lamentable, y llegué al campamento
cuando caía la tarde. Salieron todos mis compañeros a mi encuentro, todos
ansiosamente me preguntaban si había conseguido encontrar la Flor de las
Nieves.... si la llevaba conmigo....Una y otra vez me preguntaban y me
preguntaban; pero yo no les respondía. No podía responderles; me encontraba
como ausente, absorto en mis pensamientos sobre lo que me había sucedido.......
Después de tantos años, aún sigo en la duda de si me salvé por mis propios
medios, o por tener fe y confiar en algo sobrenatural, o por casualidad o por
suerte.
Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Ahora, meditabundo, viendo pasar los
días y las noches de este helado invierno, en mi casa de Pallejá, pienso con
frecuencia en lo que aconteció aquel día de aquella década lejana, cuando fui
en busca de la sempiterna Flor de las Nieves.
Que, desde luego, fue algo que marcó un hito en mi vida y me dejó sumido en un
mar de dudas, en lo concerniente a la fe.
Una vieja canción irrumpe en mi mente recordando....
Edelweiss, Edelweiss, linda flor....
Feliz de conocerte
Pequeño botón de nieve
En mi tierra bendita
vivirás para siempre.