jueves, 12 de enero de 2012

La estatua



No sabía ni porqué ni cómo habia ocurrido pero había ocurrido: llevaba años sentada en este rincón.

Esto sí, recordaba el día en que había ocurrido: aquel día había quedado con una amiga en un pueblo de las afueras para charlar y de paso enseñarle sus últimas fotos.

Ya se estaba acercando ella al bar La Plaza cuando llamó Beatriz para disculparse: tenía un trabajo que entregar a mediodía y la acababan de avisar.

"No pasa nada. Quedaremos otro día." contestó ella.

Y pensó: "¿Y si llamo a Julio? Me dijo esta mañana que andaría por aquí... Podríamos comer juntos"

Le llamó a la vez que se sentaba en la silla del rincón desde donde veía el interior del bar y la plaza de la Iglesia. Pero él no respondió a su llamada. Insistió: una vez y dos y tres... pero nada. "Lo tendrá apagado, como siempre" pensó ella.

Y como ya estaba sentada y ya no tenía planes hasta la tarde, pidió una clara con limón y sacó su libro, recién empezado," Escrito en las nubes"; dispuesta a desaparecer entre los renglones de una historia que empezaba bien, dispuesta a disfrutar de la mañana fresca pero soleada...

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No sabe lo que pasó luego.

Sólo se acuerda de que había dejado de leer un rato para mirar las cigüeñas que sobrevolaban el campanario.
Y de repente, cuando quiso sacar la cámara de su estuche... no pudo. No podía levantar un dedo, ni mover la mano para cerrar el libro, ni mover los pies y levantarse, ni nada de nada.

Y hasta la fecha.

Al principio, se asustó un montón y quiso gritar pero no podía. Pensó que el camarero haría algo... algo como llamar a urgencias, a los bomberos, hurgar en su bolso que tenía en las rodillas y donde había apoyado el libro que seguía abierto en la página 8; y que luego alguien llamaría a su casa... harían algo.

Pero cuando llegó el camarero con la clara con limón y una tapa de patatas bravas, se quedó sorprendido al no ver a nadie en la terraza y entró de nuevo en el bar mascullando no se sabe el qué sobre jovencitas veletas y olvidadizas.

Cuando el cartero entró y le preguntó con un gesto de cabeza hacía la estatua del rincón:"¿Y esto? ¿Te la han regalado?" el camarero le contestó: "Ya ves"

Y se pasó todo el día y la semana y todas las semanas y los meses siguientes respondiendo lo mismo:"Ya ves."

Tanto es así que en el pueblo, cambiaron el nombre del "Bar La Plaza" por el de "Bar de Yaves" y a él, nadie le llamó nunca más por su nombre.

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Despues de llantos interminables, gritos mudos e intentos infructuosos para salir de allí, despues de días y de semanas y de meses, cuando se convenció ya de que nadie iba a sacarla de su traje de bronce, empezó a intentar verlo desde otro ángulo: le quedaban sus ojos y su cerebro... e intentó consolarse algo con la idea de que podría hacer una cosa que no había vuelto a hacer desde la niñez: vivir sin prisas.

¿Qué remedio le quedaba?

Y empezó a fijarse en lo que pasaba a su alrededor; en lo que veía, pero sin la cámara, a ojo desnudo; a fijarse en lo que oía y tenía tiempo de analizar y saborear.

Por las noches, se obligaba a recordar los viajes que habían hecho Julio y ella...

Y las estatuas parecidas a ella... Molly Malone y James Joyce en Dublin, Pessoa en el Chiado, Marx y Engels en Berlín... y muchas más que había retratado para ilustrar ese libro... su primer libro... que ya no escribiría.

Vió pasar las estaciones, vió el cambio de clientes de fin de semana, vió envecejer a los clientes habituales. Supo del mundo leyendo los titulares de los periódicos que algunos clientes apresurados dejaban encima de su libro. También notó los cambios de la moda por los abrigos, chaquetas y bufandas con los cuales cubrían su espalda en vez de usar el perchero...

Ella pasó a formar parte del mobiliario del bar.

Los gamberros le ponían peluca verde en los carnavales o la bufanda de su equipo los días de futbol y las jóvenes madres la usaban para sentar a sus bebés encima de su libro y darles la papilla mientras charlaban con las amigas; cosas que a Yaves, pese a sus protestas, en el fondo no le molestaban porque tenía luego una excusa para acariciarla con el sidol y el trapo de borreguillo que a ella le hacía cosquillas.

De vez en cuando Beatriz y Julio venían a tomar unas cañas y disfrutaba escuchando sus conversaciones que giraban casi todas en torno a su tema preferido: la fotografía.

Un día, cuando él dejó en su regazo el casco y la mochila, ella notó un calambre y el calor de su mano.

Él también lo notó, dió un respingo y la miró, extrañado. Volvió a acercar la mano en un ademán ansioso de recuerdos... pero aturdido, como saliendo de un mal sueño, cambió de idea y dejando sus cosas en otra silla, arrimó un poco más la suya a la de Beatriz.

Y dejaron de venir. No volvió a verles.

Cuando murió Yaves, su hijo continuó con el negocio familiar bastantes años; pero terminó vendiendo el bar.

Y fue el fin del rincón de la estatua.

El nuevo propietario hizo obras, lo puso todo patas arriba, cambió el toldo naranja desteñido con el nombre "Yaves" por uno de una marca de comida-basura y, a pesar de la petición firmada por los viejos del pueblo, a ella se la llevaron a un desgüace para reciclar estatuas sin firma.

No recuerdo que nadie le hiciera jamás una foto...

2 comentarios:

KRYZALIDA dijo...

Wooow Nafnaf Maravilloso es poco original... vaya si lo es. corrobora lo que siempre creí que las cosas tienen su alma su yo interior... Nosotros no sabemos descubrirlo, excepto tú. Kryz

Lourdes dijo...

Muy bueno nafnaf. Me ha gustado.

Un abrazo
Lourdes